Thursday, March 13, 2014

NI SOCIALISTA NI CAPITALISTA

Que uno nazca y se desarrolle dentro de un ambiente no garantiza inmovilidad en nuestra manera de pensar y percibir las cosas. A medida que pasa el tiempo, uno va adquiriendo nuevas experiencias y nuevos conocimientos, cosas que modifican nuestra personalidad. Lo mismo sucede con los pueblos. Cada pueblo tiene su propia cultura y desarrolla una personalidad única, razón por la cual un líder hábil puede aprovechar circunstancias que sean favorables a su ideología o creencia para dirigir a la gente a propiciar una revolución. Dado  que Puerto Rico y el resto del mundo han entrado en un proceso irreversible de cambio, tenemos que entender estos fenómenos de conducta para no caer en manos de líderes inescrupulosos que pueden llevarnos a sufrir errores catastróficos.

Definitivamente, Puerto Rico necesita de transformaciones urgentes, algo de lo cual ya se habla insistentemente. Desconocemos las cosas que pueden suceder en el futuro. Aunque decimos que Dios tiene el control de todo, nosotros no somos marionetas en sus manos. Estamos llamados a movilizarnos hacia la búsqueda de mejores opciones para resolver cualquier tipo de crisis. Un análisis crítico de la historia nos arroja mucha luz sobre cómo y por qué ocurrieron los cambios que le dieron un nuevo giro a la vida humana. En la actualidad escribo una monografía sobre el particular, pero para fines de este artículo, partiré de mi propio testimonio para ejemplarizar ese proceso. Verán por qué y cómo una persona cambia a través del tiempo en cuanto a su forma de pensar y cómo eso influye en sus acciones.

Nací y he vivido toda mi vida dentro de un sistema capitalista, pero con dos distintas versiones. Hasta la edad de 11 años viví dentro de una dictadura de derecha sumamente cruel. Me refiero a la dictadura del perverso Trujillo que dominó la República Dominicana por más de 30 años. Realmente lo que allí reinaba era un feudalismo opresor.  Rafael L. Trujillo era el dueño del feudo. Mis padres no se involucraban en la política del país. Simplemente pertenecían a la clase media alta profesional y, como tal, disfrutaban de ciertos privilegios que no tenía el resto del pueblo. Vivíamos en una casa propia y teníamos otra alquilada. No teníamos deudas hipotecarias y gozábamos de un poder adquisitivo que nos permitía vivir desahogadamente. Yo veía el mundo como algo maravilloso. Era el mundo del capitalismo ensoñador.  Eso comenzó a cambiar drásticamente cuando mi padre, por razones éticas, rescindió un contrato que mantenía con una empresa que dirigía un hermano de Trujillo. Tan pronto eso sucedió, los negocios de mi padre se vieron afectados. Fue como si fueran infectados por la lepra o la peste bubónica. Mi madre fue quien posteriormente me contó todos los sinsabores económicos que pasó nuestra familia cuando el negocio de mi padre comenzó a decaer. De lo único que me recordaba fue de un berrinche que formé cuando no recibí ese año de austeridad los regalos de Navidad a los que me habían acostumbrado.  Mi padre no dejó que el mundo se le cayera encima. En el 1948 emigró hacia Puerto Rico tras firmar un contrato de trabajo con el gobierno. Papá vino solito y trabajó duramente por espacio de dos años hasta lograr posicionarse dentro de su profesión y levantar nuevamente su negocio. Durante esos dos años que mi familia y yo vivimos en la República Dominicana sin la presencia de papá, no nos faltó nada. Fue un tremendo proveedor aún a la distancia. El 15 de julio de 1950 llegamos a vivir a Puerto Rico. Dejar la República significó perder todo lo de valor material, inclusive las propiedades inmuebles.  

Para la década de los cincuenta, Puerto Rico y la República Dominicana tenían más o menos la misma situación de extrema pobreza. Debo confesar que eso era imperceptible para mí. Nosotros pusimos nuestra residencia en el Viejo San Juan y el ambiente social y comercial era bastante similar al de Santo Domingo (para entonces, Ciudad Trujillo). Los barrios pobres de San Juan, como La Perla y El Fanguito, se veían iguales a los barrios pobres de Santo Domingo, como Guachupita y Villa Duarte. El cambio cultural más pronunciado tuvo que ver con lo educativo y lo político. Puerto Rico, como colonia estadounidense, vivía un limbo económico (que todavía mantiene). En el 1952, se firmó la ley que estableció el estilo de gobierno conocido como Estado Libre Asociado. Dentro de mi nuevo ambiente social se notaba el intento de la asimilación hacia la cultura estadounidense. De hecho, estudié en un colegio católico bilingüe. Mis nuevas maestras fueron monjas, en su mayoría irlandesas y estadounidenses, que exhibían un enfoque hacia la vida mucho más liberal que las que tenían mis maestras en la República, casi todas monjas españolas. Por las mañanas, en vez de cantar el Himno Dominicano y juramentar lealtad a ese país, cantaba dos himnos totalmente diferentes: The American National Anthem y La Borinqueña. Decirles que entendía lo que cantaba o juramentaba es mentirles. Pero para ser sincera, eso era de poco valor para mí ya que vivía dentro de una burbuja protectora construida por mis padres. Mi hogar era mi mundo.  
Me gradué en el 1956 de la escuela superior y de inmediato entré a estudiar a la universidad. Fue estudiando en la universidad que aprendí el significado y finalidad de los sistemas políticos y económicos. Entonces comencé a desarrollar mis ideales. El 1 de enero de 1959, el líder guerrillero izquierdista Fidel Castro logró derrocar en Cuba al dictador Fulgencio Batista. Eso me impacto. Tanto mis padres como yo pensamos que ese suceso marcaba también el final de la dictadura de Trujillo y aunque ellos ya no pensaban regresar a su país de origen, poner fin a esa dictadura les permitiría visitarlo para ver nuevamente a sus familiares. Yo quedé impresionada por la acción de Castro y la participación del Che Guevara en esos actos de liberación. Desde ese momento, mi pensamiento cambió radicalmente. Me interesé en la política y, sobre todo, comencé a coquetear con el socialismo  como sistema económico. Un año después, mi padre murió de un infarto cardíaco. Tanto mi padre como mi madre fueron personas creyentes en Dios y, antes de partir de este mundo, ambos aceptaron a Jesucristo como su Salvador personal. Pienso que sus oraciones para que yo abandonara el camino del agnosticismo llegaron al trono de la gracia de Dios.

La muerte de mi padre me arrojó en los brazos de la cruda realidad de la vida. Papá no pudo celebrar mi graduación de la universidad en el 1960 ni mucho menos entregarme al altar el día de mi boda en el 1961. A raíz de mi graduación y conociendo que tenía que encontrar trabajo de inmediato, decidí hacerme ciudadana americana. La década de los años sesenta fue sumamente turbulenta provocada por los movimientos de derechos humanos y posteriormente, por la protesta contra la Guerra de Vietnam. No tuve participación directa en la política de Puerto Rico porque ese fue mi tiempo de procrear hijos. Me casé con un puertorriqueño y me asimilé totalmente a la cultura boricua. Pero definitivamente que favorecía el socialismo como sistema económico y tenía gran resentimiento hacia los exilados cubanos. Lo extraño de ese sentimiento es que mis dos abuelas fueron cubanas y a esa fecha teníamos familiares viviendo en ese lugar. ¿Qué provocó en mí esa reacción? Busquen ustedes la respuesta a esa pregunta.

A principios de la década de los setenta, mi difunto esposo montó su propio negocio y,  aprovechando que ya mis hijos estaban en el colegio, decidí retornar a la universidad para proseguir estudios postgraduados. Fue en ese momento que vine en contacto con personas de ideología marxista. Me encantaban sus disertaciones. En mis conversaciones sobre temas económicos, yo no desaprovechaba oportunidad para hablar sobre las virtudes del socialismo científico o marxismo. Sin embargo, mi estilo de vida se conformaba a los postulados del capitalismo. ¡Una total incongruencia! Así estuve hasta que sufrí una experiencia que no me gusta recordar porque se trató de una vil traición. Aquel grupo de “amigos marxistas” me utilizó de conejillo de india para adelantar su agenda política. Aquí entra el postulado maquiavélico de que “el fin justifica los medios”. ¡Qué ingenuidad la mía! Me acusaron de libelo y si no hubiese sido por la bondad de Dios, me hubiesen expulsado del programa educativo y de la cátedra universitaria. Sufrí una experiencia dolorosa, pero con un final feliz. Esa experiencia fue la que me llevó a los pies de Jesucristo en al año 1973. A partir de ese momento, dejé a un lado mi interés por el marxismo. Sin embargo, tampoco me sentí movida a defender el capitalismo.

En el 1980, el Señor me extendió su llamado al santo ministerio. De forma sorprendente, el negocio de mi difunto esposo perdió parte de su mercado y se vio en precariedad. Por razones que aún no entiendo (pero que tienen que ver con mal asesoramiento legal), su abogado le aconsejó irse a la quiebra. La situación fue aún más grave cuando el síndico que le asignaron para liquidar sus activos cometió fraude y se robó hasta lo que no teníamos. El gobierno federal no se hizo responsable de la situación a pesar de que ellos fueron los que nombraron al síndico. Yo había renunciado de mi posición permanente en la universidad y mi difunto esposo no tenía derecho a ningún beneficio laboral por cuanto era dueño de negocio. Quedamos en la calle, sin ninguna protección y con un crédito totalmente dañado. Era la hora de la verdad: No convertimos en una familia con clasificación de chatarra. El capitalismo me dejó ver su lado oscuro. Bajo esas condiciones, decidimos mantenernos fieles al llamado de Dios. ¿Nuestras armas para luchar? La fe de Dios, la Biblia y una misión común que nos ayudó a mantener la unidad familiar. Libramos grandes batallas. Perdimos algunas de ellas,  pero logramos ganar la guerra. En pocos años levantamos a nuestros hijos, les brindamos una buena educación, los guiamos por el camino del Señor, fundamos una iglesia y un centro de servicio a la comunidad, iniciamos un nuevo  negocio y compramos una buena casa en la zona más codiciada de todo Puerto Rico, Guaynabo City. Pero más que nada, nos mantuvimos fieles al Señor de la historia. Nunca defraudamos a nadie y nunca consideramos la iglesia del Señor ni el centro que fundamos como negocios propios.  Ambos nos jubilamos con dignidad y mi esposo dejó este mundo con una conciencia cristalina, algo que quiero imitar. Desnudo nacimos y desnudos partiremos a la vida eterna.

Sorpresivamente para mí, el pasado año 2013 el Señor me lanzó un nuevo reto. Esta vez no se trata de comenzar una nueva obra, sino de participar junto a muchos otros en el proceso de educar y reeducar al pueblo cristiano en torno a los asuntos económicos que atañen su vida. 
La actividad económica es fundamental dentro de cualquier sociedad. Es la actividad más antigua de la humanidad y Dios es su fundador. No se trata de enseñar a los cristianos a obtener riquezas materiales, las cuales son efímeras y engañosas. La iglesia cristiana tiene que educar a sus miembros a ser buenos mayordomos. Tiene que quitarle el ropaje de carnalidad que se le ha dado al proceso económico durante tanto tiempo. Esa actitud es lo que ha provocado un sinfín de engaños por parte de supuestos siervos de Dios y que mucha gente se pierda las bendiciones que siguen a los que cumplen con los principios administrativos y financieros que emanan de la Biblia. Nuestro país, así como el resto del mundo, está sumido en crisis porque hemos olvidado que Dios es el creador del universo y de todo lo que en él existe y que nosotros somos solamente administradores aún de su bendita gracia. La Biblia específicamente no establece ni respalda ningún sistema económico. Por esa causa es que ya no soy ni socialista ni capitalista. Soy de Cristo. Pero es mi deber utilizar todos mis conocimientos, mis experiencias de vida y lo que queda de mi vigor físico para servir a la gente a recobrar su esperanza. En medio de un mundo destrozado por las desigualdades económicas y sociales y saturadas de politiquerías que no tienen norte,  retumba la voz de Dios que dice: “Después de esto (del desorden que hemos creado) yo volveré y reconstruiré la caída choza de David (la sociedad y la economía). Reconstruiré sus ruinas y la volveré a levantar, para que los demás busquen al Señor junto con todas las naciones…” (Amos 9:11-12 y Hechos 15:16*17). En ese intento utilizaré todo lo que tenga a mano, sin distinción de banderas económicas y políticas. ¡Que así me ayude Dios!

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